|
Centenario de Líber Falco La moneda del pobre
Falco, entonces, ahora. Memorias de un adolescente de los años cincuenta, que después fue profesor y crítico, sobre el poeta fundamental, el más semejante a un niño por vocación y, quizá, por destino.
Jorge Albistur Aunque no conocí a Líber Falco –cuando murió, en 1955, tenía yo 15 años–, escribir en su conmemoración significa recordar todo un período de mi propia vida: el de mi formación, junto a Domingo Bordoli y un conjunto de amigos que habían sido, ellos sí, íntimos de Líber. En la casa de Bordoli, sobre todo los domingos, solía reunirse aquel grupo al cual se agregaba mucha gente joven. De los veteranos, testigos o protagonistas de la generación del 45 y vinculados a la revista Asir, ya nadie vive: eran Arturo Sergio Visca, Julio C da Rosa, Héctor Bordoli, Dionisio Trillo Pais a veces, también de cuando en cuando el hoy tan lejano Guido Castillo. Entre los jóvenes eran asiduos Heber Raviolo, Jorge Arias y Edmundo Gómez Mango hasta que dejó el país. Y otros cuyos nombres, aunque no pertenecen a la historia de nuestra literatura, jamás he olvidado, porque sí pertenecen a esa historia sagrada de la amistad profunda. Allí, a tomar mate y grapa, venía don Fernando Falco, el padre de Líber. Le sobrevivió largamente, pues murió con muchos años. Tuvo, hasta el fin, una rara lucidez, aunque en las últimas épocas chocheaba un poco. Era panadero de profesión, y su época de oro la vivió en el Argentino Hotel de Piriápolis, cuando tenía a su cargo el servicio para los pasajeros. Después instaló una panadería al público y por eso Líber, aunque es poco sabido, vivió parte de su infancia en Piriápolis y asistió a la escuela en Pan de Azúcar, donde conoció a Álvaro Figueredo y fue su compañero de clase. Don Fernando era por vocación músico: tocaba la guitarra y el mandolino y ejecutaba notablemente viejos tangos con tres partes de melodías distintas –ya no dos –, muchos de los cuales quedaron para siempre sin letra. Don Fernando era un viejo anarquista de aquellos que Batlle sedujo y captó para sus filas partidarias: tenía un racionalismo deslumbrado por la fe en las ciencias, sin sospechar que hubiera otras cosas entre el cielo y la tierra más allá de las que se sueñan en esta módica filosofía. Era absolutamente honrado y predicaba sus ideas con una convicción que se parecía mucho a la tozudez. Creo que, si bien teóricamente inclinado al diálogo y la tolerancia, era en el fondo autoritario. Siempre me pareció difícil imaginar a Líber en sintonía con un hogar que respirara aquella atmósfera. Tuve un indicio fuerte de la disonancia el día que don Fernando comentó por primera vez un poema de su hijo. Tal vez hubiera leído también por primera vez lo que Líber había escrito, aunque esto no puedo afirmarlo. Sí que le sorprendió terriblemente la desolación que revelaban los versos y, ya viejito, dijo su asombro ante aquel “roer un pan mohoso, triste y duro” en la madrugada de un conocido poema. “Esto no es cierto”, sollozaba don Fernando; “jamás se comió pan viejo en mi casa”. Y nosotros –muchachos, entonces– nos empeñábamos en explicarle que allí había una metáfora. Pero él seguía desconsolado. Bordoli tenía por don Fernando un afecto inagotable. Le había dado una llave de la casa para que descansara si andaba cerca, y él se allegaba en cualquier momento. Y se interrumpía cualquier cosa que estuviese en marcha para atenderlo. Era parte del afecto al “Viejo” Líber. Hoy, a la distancia, comprendo que fui alejándome de aquel grupo, por lo menos en lo íntimo de mis exigencias, a medida que la paternidad –mi experiencia más profunda y comprometedora– fue reclamando responsabilidades. Vaya a saber por qué, Líber no tuvo un hijo, y el encanto de aquella bohemia hecha de atar prosa la noche entera, de copas, tangos, pobreza asumida –casi elegida– y solidaridad sin grietas con lo humilde ocupó todos los espacios de su afecto. He aceptado la palabra “bohemia” pero como referencia a una vocación y destino, a una especie de infancia: no tanto en el sentido de inmadurez o carencia sino de disponibilidad profunda, como de quien está gozosamente a la intemperie en la vida y disfruta o padece una demorada soledad en la pureza. Líber, el Viejo, fue siempre un poco niño, tan radicalmente ajeno al cálculo, al egoísmo, a la maldad, a los brillos sociales y a cualquier forma de la ambición o la avaricia. Al parecer, jamás se le ocurrió que podía dejar de ser pobre. Y, paralelamente, jamás sintió que podía dejar de ser triste. Su poesía transparenta esa especie de dignidad candorosa y quizá nos atrae porque nos llega, en su voz, el que todos hemos sido alguna vez y alguien que hubiéramos querido retener en el río del tiempo. En sus textos y su anecdotario más conocido reconocemos esa infancia espiritual que Cristo requería como condición para alcanzar el reino de los cielos. Y si es difícil hallar al niño en los poemas más graves y maduros –aunque también allí están el desamparo y el miedo–, vale la pena recordar los pocos textos que expresan la euforia, ese sentimiento que Mario Juan Álvarez descubre a veces en lo mejor de Tiempo y tiempo. Puede asumir, por ejemplo, el regocijo que lo llevaría a “atar un moño azul en cada árbol”. El hombre de la ternura y la alegría desbordadas volvería entonces al recreo y se resumiría en esa moña escolar como bandera al viento. El ensimismado. No creo que sean impensables, a la vez, Líber el Viejo –el melancólico, el solitario, el amargo– y ese niño sobreviviente, pronto a asomar en la maravilla y el asombro. Él era un niño con el pensamiento de la muerte: vale decir, un niño de verdad, el niño profundo que hay en todos los niños, aunque los adultos se empeñen en distraerlos cuanto antes de lo que ellos mismos descubren para crecer. Líber escribió un espléndido poema sobre esta experiencia de la infancia. Lo tituló “La moneda” y lo dedicó a Carlos Denis Molina. Domingo Bordoli me contó la razón de esa dedicatoria. Tiene que ver con Dionisio, la criatura de 7 años que es protagonista de la novela Lloverá siempre, una historia que Denis decía inspirada en hechos reales ocurridos en algún lugar de nuestra campaña. Dionisio –como todo niño, como Líber– es un ensimismado. Sólo que, paradójicamente, se ensimisma para conocer la realidad exterior, según observa Arturo Visca, de modo que su introspección a la vez atenta y ensoñada es un modo de recostarse a las cosas para asirlas del todo. En la novela, esta asunción de la maravilla alcanza su punto central –por la negación y la ausencia en el entorno del absorto– cuando muere la madre de Dionisio. Éste no sabe bien, todavía, qué significa morir, pero sabe que “alguien, en el aire, multiplicaba la muerte y la sumaba a los árboles, a las casas, a las aceras con baldosas y a las calles empedradas”. A Dionisio no le basta, sin embargo, con esta presencia difusa: “sintió la ineluctable necesidad de tocar la muerte, de verla con sus propios ojos”, y es así como, en la escena más intensa de la novela, ahoga al perro viejo, tuerto y lleno de abrojos, después de jugar con él “de una manera tan extraña, que sus hermanitas lloraron de risa y miedo”. A Líber lo conmovió singularmente este momento de Lloverá siempre, y a Denis Molina –en la complicidad de una misma certidumbre– le dice refiriéndose a los niños: “Míralos cómo al descubrir la muerte/ mueren”. Pero mejor será transcribir íntegramente este poema. “La moneda A Carlos Denis Molina. Mira cómo los niños, en un aire y tiempo de otro tiempo Cómo en su inocencia, la Tierra es inocente y es inocente el hombre. Míralos cómo al descubrir la muerte mueren, y ya definitivamente ya sus ojos y dientes comienzan a crecer junto a las horas. Deja que ellos guarden sin saberlo, el secreto último de su inocencia nuestro último sueño, ya olvidado. Cuando todo termine, deja que un niño lleve nuestra única y última moneda.” Recuerdo ahora una conversación con Carlos Rodríguez Pintos, y no solamente por ser él un hombre ejemplarmente cordial y respetuoso –aun conmigo, en la discrepancia y siendo yo por entonces un estudiante– sino porque su lectura de Líber me ha parecido la propia de quienes no gustan de su poesía. Rodríguez Pintos lo tenía por un poeta menor y no es inexplicable, al fin y al cabo, en quien había aprendido en París, y junto a Valéry, Supervielle y Max Jacob, el valor de la metáfora. Don Carlos había dado pruebas, además, con su “grito azul del mar”, de hasta dónde una sola bien hallada puede sostener la composición entera. Había mostrado, también, cómo la cultura más acendrada puede expresar pasiones primitivas y elementales, como ocurre en este verso poderoso: “mis lobos solitarios suben al aulladero”. Don Carlos tenía, en fin, credenciales para medir la dimensión de Líber, y no era generoso con él. Es cierto que en la poesía de Falco no hay metáforas notables, aunque también es obvio que a veces las hay en poetas de segundo orden. Cuando Líber dice, por ejemplo, que la noche “se estaba ahí” adivinando inexplicablemente, quizá, la presencia del ser de Heidegger –“como un milagro sin prisa”– , su lenguaje traduce más un concepto que una sensación. Pero acierta de pronto con terribles imágenes alusivas al cuerpo modificado, de modo que alguien tiene las manos de tiza, o una caravana de mariposas negras agujereándole la boca, o bien otro hombre mana negruras desde sus profundidades. Estas desfiguraciones grotescas esconden derrumbes morales o hablan de espectrales mundos desconocidos. En el poema “La moneda” hay una imagen parecida a estas otras: la que alude a ojos y dientes infantiles que “comienzan a crecer junto a las horas”. La imagen no embellece nada, ni tiene tampoco un valor expresivo en sí misma: subraya una desmesura, un énfasis en apariencia antinatural, porque el ser del niño se proyecta desde ya hacia la muerte. El niño –Dionisio al ahogar al perro viejo para ver a la muerte– deja de ser niño de golpe, en un solo instante. Convengamos en que la imagen, chocante, estaba singularmente fuera de tiempo a la hora triunfal de las vanguardias. Pero el sentido –ese complejo donde el significado es sólo una parte y al cual tanto aporta el lector– resulta diáfano: antes, “ la Tierra es inocente”. La Tierra con mayúscula porque, como enseña Dámaso Alonso, el sentido se hace no sólo desde las palabras, las sílabas o los sonidos, sino también desde otros y menores elementos expresivos. “Y es inocente el hombre”: todo hombre, cualquiera, porque cada uno, en el “tiempo de otro tiempo”, vivió la inocencia. Impregnado, sin saberlo, del pensamiento cristiano o, aun antes, de la condena griega al exceso, todo hombre deja atrás la inocencia y carga una inexplicable culpa original. Es trágicamente culpable de haber renunciado a su paraíso sin muerte. Hay, pues, una metáfora explícita: los ojos y dientes que crecen con las horas. El resto es lenguaje sencillo pero no llano, sino surcado de clivajes y hondonadas, de aperturas y exploraciones en el mundo del que lee, concernido por esta transferencia a la cual colaboran las palabras de todos los días y hasta la ausencia misma de metáforas que compliquen la identificación. Como ocurre siempre en la poesía, cada palabra parece un neologismo. En las relaciones que abren los espacios de las experiencias colectivas está, como es obvio, el secreto de la popularidad de Falco. A cada cual le parece que Falco encontró apenas las palabras, pero esas certidumbres ya eran las suyas. Los posibles del ayer y el mañana. La metáfora esencial, en el poema a Denis Molina, es sin embargo la señalada en el título mismo: esa moneda que el niño debe mostrar al fin, a alguien. El poeta necesita que el amigo confíe también en que es posible llevar la moneda, todavía brillante, a ese que no se nombra, que es sin nombre, como Dios en el Antiguo Testamento. Se suceden las fórmulas de apremio: “Mira”, “míralos”, “deja”. Claro que es ésta poesía de la solidaridad; que brille al fin “nuestra única y última moneda”. La de todos, porque esta poesía ha querido expresarnos a todos. Reaparece la metafórica moneda en el mundo de Falco. El poema “Despedida” esclarece su significación y le otorga un contenido desmesurado. Es la vida: “La vida es lo poco y lo mucho que tenemos;/ la moneda del pobre, compañeros”. Así sustituye a las igualmente diáfanas connotaciones de otros referentes posibles: “La vida es como un trompo, compañeros”, “La vida es un juguete, compañeros”. Y la metáfora de la moneda está también en el subtexto del poema “Lo inasible”, aquel donde el poeta se pregunta: “¿Qué me dio Dios para gastar,/ qué? que no entiendo”. Después del verso entrecortado y la aproximación fónica de Dios y el dar, o el don, el poema se vuelve una oración, ya que se organiza en torno al anafórico bordón de un “dadme”. Ruega al “padre, tú”, y dice: “¿Qué me dio Dios para gastar, qué? que no entiendo. Esta alegría, esta tristeza, dadme, para gastarla un mar. Dadme la vida, padre, tú, dadme la muerte. Dadme el tiempo ido y dadme el que vendrá. Dadme cantar y cantando verterme como un río, por estas calles, hacia el mar”. En torno al mar se estructura una doble dimensión metafórica, pues él representa a la vez vida y muerte. En el mar de la vida ha de gastarse el don: la alegría y la tristeza. Al mar de la muerte llegará el río de la vida, pero así como los ríos de Manrique corren por una tierra cualquiera –deliberadamente conceptual, sin adjetivo ni pormenor alguno que distraiga de su fatal universalidad–, así el río de Líber fluye cantando “por esas calles”: las de Montevideo al sur, las del poeta cómplice de sus lectores, las que traen al hombre andariego de las madrugadas el aroma de la sudestada, hecho de resaca y alquitrán, de algas, peces muertos y guano de gaviotas. Pero ninguno de los ruegos que contiene la oración de “Lo inasible” sorprende más que éste: “dadme el tiempo ido/ y dadme el que vendrá”. Pedir que el futuro sea nuestro parece razonable, pero ¿no es nuestro, sin que roguemos para apropiarnos de él, el pasado? Líber no lo creía así y su reflexión poética sobre este asunto –si así cabe llamarla- atraviesa toda su obra. En el poema llamado “Lo que fue”, y a este propósito, Líber aparece –según decía Sainte-Beuve acerca de Virgilio– como un hombre a quien todo se le hace pensamiento. “Lo que fue Vienes por un camino que mi memoria sabe, y me detengo entonces indagándote el rostro. Mas ¡ah! Ya no es posible siquiera, no es posible detenerte un instante. Todo está muerto, y muerto el tiempo en que ha vivido. Yo mismo temo, a veces, que nada haya existido; que mi memoria mienta, que cada vez y siempre –puesto que yo he cambiado– cambie, lo que he perdido.” Aunque los muertos se acercan por los caminos familiares, sus rostros se esfuman cada día un poco más, y es necesario indagar en el gris del tiempo. Después de todo, nada tiene otra realidad sino la que nace en el momento presente, en la misma indagatoria. Falco ha encontrado una buena paradoja para confrontar con las dudas de Borges en “La otra muerte”: Dios no puede cambiar el pasado, pero el hombre sí puede hacerlo. Pero pensando en la devaluación –al fin tan posible como el triunfo–, “Lo que fue” me pareció siempre la réplica mejor al tema heroico del epicureísmo: ese carpe diem de Horacio –gozar del día– que es apuesta a la apropiación de los tesoros del placer y la dicha. En cierta ocasión, dictando clase en preparatorios, traje a cuento el poema de Líber para cotejarlo con el fragmento principal de una de las Odas a Mecenas (Tyrrhena regum progenies) donde se lee, en la versión honesta, servicial y prosaica de Bonifacio Chamorro que entonces usé y transcribo ahora: “nunca podrá su mente poderosa (la del que ha vivido feliz)/ hacer que lo que fue ya no haya sido”. Aunque tenían una experiencia necesariamente breve del recuerdo, los jóvenes comprendieron perfectamente que no era confiable una relación demasiado simple con plenitudes ilusorias. Intuían que la memoria sirve para hurtar el pasado. Desde el andén. Hoy, cuando Montevideo ya no es la de Falco, lo releo lejos de la ciudad y en el escenario donde él vivió parte de sus primeros años. Familiares del poeta solían decir por aquí –Piriápolis– que el poema “El viaje” evoca uno de aquellos, interminables, que el tren hacía desde Pan de Azúcar a Montevideo. Me parece que es menos conocido este Falco que vuelve suyo el paisaje de “la vaca triste, el rancho en la hondonada” y “las gallinas picoteando la tierra”. Es un Falco rural, y existe, aunque nadie dejará de tenerlo fundamentalmente por poeta de la ciudad y sobre todo de sus arrabales. Aquí, sus ojos se detenían en las tinas solas, y en las cachimbas, y en las muchachas de las estaciones: en Pancha Pérez, que seca una lágrima con el puño de la bata. A ella, precisamente, le dice Líber desde el ferrocarril en marcha: “Ah, no./ Deja que te sueñe en los andenes./ Viendo pasar los trenes,/ en los andenes”. La muchacha tiene su moneda, pero es mejor que no viaje. Reaparece aquí la unidad del mundo de Líber: es éste el canto a la opción no hecha, ese posible al cual todos pertenecemos para preguntarnos siempre –con dolor o con rabia– si no hubiera sido mejor aceptar la otra invitación al viaje. Falco se define en esta forma cauta, tímida, tal vez a medias cobarde y sabia, de contenerse. De ahí ese empeño en desasirse aun antes de haber poseído nada. Ha dicho, en una expresión extrema del rehusamiento: “Algo quiero olvidar que no conozco todavía”. Palabra bajo la palabra “Afirmo que la inmediatez (para el lector y para sí) es la categoría más honda de Falco. Hay autores en quienes el estilo es sólo una categoría literaria. (Y ya es mucho: la literatura suele ser ficción: no se propone crear otra cosa que un mundo vagamente enrarecido, al lado del mundo real.) Pero en otros escritores el estilo es una determinación más honda. Empieza antes de la literatura. Quizá por eso Tiempo y tiempo produzca un efecto nada literario: ‘Fuera locura pero hoy lo haría; atar un moño azul en cada árbol, ir con mi corazón de calle a calle. Decirle a todos que los quiero mucho’. Estos versos parecen escritos desde siempre, nos son familiares hasta en la primera lectura. En Falco la literatura no es ficción. Lo inevitable de esta poesía radica en que, aun siendo creada por un hombre (y ‘desde’ un hombre), existe de por sí, con posterioridad (y hasta con anterioridad) al hombre que la dijo por primera vez. Como si Falco fuera apenas el lugar de esa poesía.”
Jorge Albistur lo publicó en el Semanario Brecha, donde es crítico literario, con motivo de un onomástico del poeta.
envio francisco
|